Antártica: único lugar donde está prohibida la guerra

Si los paisajes polares son pinturas, fueron concebidos por una mente que se alzó por encima de los problemas que afligen al espíritu humano.


Acampé una vez en el mar congelado a la entrada del Monte Erebus, uno de los volcanes activos de la Antártica. Me encontraba en la mitad de una jornada de siete meses por el continente, investigando para un libro.

Los cielos eran diáfanos, escarchando a las Montañas Transantárticas con tonos rosados y azules. En mi saco de dormir escuchaba a las focas llamándose entre sí bajo el hielo. Y entonces, de pronto, la Antártica se cerró. El viento llegó zumbando desde el Polo Sur, golpeando los glaciares y arrojando al aire muros de nieve.

La tormenta duró dos días y desde la carpa la visión era una espiral caótica de un blanco opaco. Pero cuando terminó, el viento había despejado las laderas del Erebus, revelando un hielo lustroso adherido a la roca, más abajo de los campos de grietas.

Una delgada cinta damasco y azul-petróleo colgaba sobre las montañas y el pálido sol tendía una luz húmeda sobre miles de kilómetros de hielo. Yo podría haber estado en el silencioso rincón de sabana donde el hombre se puso de pie por primera vez.

La Antártica fue una experiencia arrebatadora, la más arrebatadora de mi vida. El único continente que no tiene dueños (así como el más alto, el más seco y un batallón de otros superlativos), representa esperanza.

Sin guerras, sin derrames tóxicos, sin dictadores: esto es lo que podría haber sido, y lo que todavía podría ser, si tenemos esperanza. Descubrí que la falta de hacinamiento (la ausencia de cualquier cosa) me ayudó a reflexionar en lo más importante. El continente era una planta de energía espiritual.

Siempre he oído decir que debemos preservar las regiones polares deteniendo el turismo. Pero una veda implica control. ¿Quién estaría a cargo? Siete países reivindican un trozo del territorio antártico, pero estas reclamaciones están en disputa. Y ninguna de ellas es reconocida por el Tratado Antártico, que en junio cumple 50 años de aplicación.

Complejo conjunto de acuerdos supranacionales, el tratado hizo del continente una reserva científica y prohibió las operaciones militares (fue el primer acuerdo de control de armas de la guerra fría). Prohibir la entrada va en contra de todo lo que la Antártica representa. Nos pertenece a todos.

Dicho eso, sólo un idiota negaría la importancia de preservar la última gran comarca salvaje. Y está siendo preservada. La minería está prohibida y las varias docenas de bases científicas en el continente son modelos de eliminación de residuos.

Una vez estuve frente a una fila de basureros en la estación de investigaciones estadounidense de McMurdo y casi tuve un ataque de nervios al intentar desechar un envase de papas fritas. (Había que descomponerlo y poner cada una de sus partes en diferentes contenedores: “plástico”, “papel impreso”, “cartones”, “aluminio”, “metales livianos” y “sobras alimenticias”).

También el turismo está rigurosamente vigilado: los barcos de crucero están obligados a llevar observadores medioambientales aprobados por la Asociación de Operadores de Tours a la Antártica. Y hay que subirse a un barco de crucero si se desea visitar el continente. No se puede llegar de otra manera.

Las excursiones más cortas toman ocho días ida y vuelta desde el extremo austral de Argentina o Chile. Viajes más largos salen de Nueva Zelanda y los tours tipo Rolls-Royce dan la vuelta al continente en unas tres semanas. Los barcos llevan entre 45 y 280 clientes y no son baratos: los precios van desde 4.880 a más de 32.500 dólares.

Prepárese para tener frío. La temperatura más baja que experimenté fue de menos 40 grados Celsius y con el frío del viento caía a menos 82 grados. Cuando lancé al exterior un recipiente con agua hirviendo, el líquido se congeló en el aire antes de caer. Vaya, si puede. No se arrepentirá. La Antártica tiene mucho que enseñarnos.

Fuente: lanacion.cl

~ by acercadechile on March 25, 2011.

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